La tolerancia parasitada

Savater reflexiona acerca de la identidad europea y le parece que el debate está falseado por la presencia fantasmal de esos entes identitarios que clasifican a los individuos según su raza, su cultura o su religión. El propone que no nos preocupemos de lo que somos, sino de cómo estamos. Un interesante uso de estos dos verbos tan característicos del castellano (también del catalán). Las libertades y la convivencia están amenazadas por personas que consideran que lo importante es lo que ERES, y que debes declarar a los cuatro vientos quién ERES y que deben dejarte ser quien ERES (si no, pégales). Como si lo que uno es pudiera resumirse en una palabra.

“No tengáis miedo”, decía el Papa a sus fieles, urgiendoles a manifestar públicamente su fe y demostrar que, por encima de todo, SON católicos. ¿Qué se puede ser que estè por encima de ser católico? Nada, desde luego. Un verdadero creyente es católico (o musulmán o lo que sea) por encima de cualquier otra cosa. Por encima de ser ciudadano, por ejemplo.

El problema religioso aparece cuando las normas de conducta emanadas de los mandatos religiosos se colocan por encima de las obligaciones democráticas que impone la sociedad civil. Y esa es la principal aspiración de los religiosos (no sé si de los integristas o de todos), porque NADA puede estar por encima de sus normas religiosas. Así, definiríamos a un integrista como aquél que establece este tipo de jerarquía normativa y considera su obediencia a las normas democráticas es una lacra temporal que hay que soportar para no ser perseguido, a la espera de poder, finalmente y con la ayuda de Dios, implantar las normas de la verdadera justicia, que son la que Él dicta a través de los textos sagrados. Los religiosos sólo son tolerantes sólo cuando son pocos. Cuando aumentan su número pasan a ser pacientes. Cuando por fin son suficientes, su paciencia con el resto de la humanidad se agota. Mientras tanto, las libertades del sistema democrático son útiles para hacer proselitismo y conseguir parcelas crecientes de poder. En el interín resulta útil afianzar el concepto de “diálogo de religiones” porque así obispos, mulás y rabinos se convierten en portavoces de sus respectivas religiones y pasan a ser escuchados, ganándose una exagerada consideración social que en absoluto se merecen (recordemos que no son elegidos de forma democrática, así que resulta difícil saber a quién representan).

El cristiano no debe escandalizarse si colocamos la Constitución por encima de los diez mandamientos y el musulmán debe entender que está también por encima del Corán. En caso contrario, estamos ante un integrista, un parásito de la tolerancia.

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