Carl Sagan, profeta en el país de la Biblia

Los Estados Unidos parecen decididos a hundirse en el lodazal religioso. En el comité de Energía y Medio Ambiente un congresista argumenta, Biblia en mano: “Tranquilos, lo del cambio climático no debe preocuparnos, en el Génesis dice que no pasará nada”. Y en la sala no se oye ni un comentario ni una carcajada.

Está sucediendo lo que Carl Sagan predijo hace veinte años. La ignorancia y el fanatismo se están enseñoreando de un país que ha descuidado la formación científica de sus ciudadanos. Aquí he traducido un artículo suyo que habla de la preocupante situación intelectual de los EEUU, y que también nos puede servir para hacernos preguntas sobre nuestro propio país.

Por qué tenemos que entender la ciencia

En cuanto me bajé del avión, vi que me esperaba con un cartel con mi nombre. Yo asistía a una conferencia de científicos y televisiones, y los organizadores me habían enviado amablemente un acompañante. “¿Le importa si le hago una pregunta?”, Dijo mientras esperábamos mi maleta. “¿No es un lío tener el mismo nombre que el científico?” Tardé un momento en comprender. ¿Me estaba tomando el pelo? “Yo soy el científico”, le dije. Él sonrió. “Lo siento. Ese es mi problema. Pensé que también era el suyo. Me tendió la mano. “Mi nombre es William F. Buckley.” (Bueno, su nombre no era exactamente William F. Buckley, pero tenía el nombre de un polémico entrevistador de televisión, del que sin duda tomó mucho de su buen humor.)

En cuanto nos instalamos en el coche, me dijo que se alegraba de que yo fuera “el científico ese”; tenía tantas preguntas sobre ciencia. ¿Ah sí? Y así nos pusimos a hablar. Pero no se trataba la ciencia. Él quería hablar de ovnis, “canalización” (una forma de escuchar lo que está en la mente de los muertos-no demasiado eficaz), cristales, astrología… Atacó cada tema con verdadero entusiasmo, y yo cada vez tenía que desengañarle: “La evidencia es muy pobre” y “Hay una explicación mucho más simple.” A medida que viajábamos a través de la lluvia, pude verle cada vez más entristecido. Yo estaba atacando no sólo la pseudociencia, sino también una faceta de su vida interior.

Y sin embargo, hay mucho en la ciencia real que es igual de emocionante, más misterioso, y constituye un mayor desafío intelectual – además de estar mucho más cerca de la verdad. ¿Sabía que los bloques moleculares que constituyen la vida están ahí, en el gas frío y tenue que hay entre las estrellas? ¿Había oído hablar de las huellas de nuestros antepasados que se encuentran en la ceniza volcánica de hace cuatro millones de años? ¿Y de la elevación del Himalaya cuando la India chocó contra Asia? ¿O cómo los virus subvierten las células, o la búsqueda de inteligencia extraterrestre en las ondas de radio, o de la antigua civilización de Ebla? El Sr. Buckley, educado, inteligente, curioso… no había oído prácticamente nada sobre ciencia moderna. El quería saber sobre ciencia. Pero toda la ciencia pasaba por un filtro antes de llegar a él. Lo que la sociedad permitía que le llegara era pretencioso y confuso. Y nunca se le enseñó a distinguir la verdadera ciencia de la imitación barata.

En toda América hay gente inteligente, incluso superdotados, personas que se han sumado a la pasión por la ciencia. Pero esta pasión no es correspondida. Una encuesta reciente sugiere que el 94 % de los estadounidenses son “científicamente analfabetos.”

La receta para el desastre

Vivimos en una sociedad enormemente dependiente de la ciencia y la tecnología, en la que casi nadie sabe nada acerca de ciencia y tecnología. Esta es una receta clara para el desastre. Es peligroso y estúpido permanecer en la ignorancia sobre el calentamiento global, por ejemplo, o el deterioro de la capa de ozono, los residuos tóxicos y radiactivos, la lluvia ácida. Las ofertas de empleo y los salarios dependen de la ciencia y la tecnología. Si Estados Unidos no puede fabricar, con calidad y a precio bajo, productos que la gente quiere comprar, entonces las industrias se irán y transferirán algo de prosperidad a otra parte del mundo.

Debido a la baja tasa de natalidad en los años sesenta y setenta, la Fundación Nacional de Ciencia prevé un déficit de casi un millón de científicos e ingenieros profesionales para el año 2010. ¿De dónde vendrán? ¿Qué pasa con la fusión, las supercomputadoras, el aborto, las reducciones masivas de armas estratégicas, las adicciones, la televisión de alta resolución, la seguridad en los vuelos y en los aeropuertos, los aditivos alimentarios, los derechos de los animales, la superconductividad, ir a Marte, la búsqueda de curación para el SIDA y el cáncer? ¿Cómo podemos decidir la política nacional, si no comprendemos los temas subyacentes?

Yo sé que la ciencia y la tecnología no son sólo cornucopias vertiendo bienes sobre el mundo. Los científicos no sólo diseñan las armas nucleares, sino que también agarran a los dirigentes políticos por las solapas para convencerles de que su nación-pase lo que pase-tiene que tenerla primero. Luego se programa la fabricación de 60.000 de ellas. Nuestra tecnología ha producido la talidomida, los CFC, el Agente Naranja, el gas nervioso, y una industria tan poderosa que puede arruinar el clima del planeta. Por eso a la gente le desasosiega la ciencia y la tecnología.

Y esa imagen del científico loco aterroriza a nuestra sociedad-del Dr. Fausto al Dr. Frankenstein, el Dr. Strangelove a los locos de bata blanca de la televisión infantil de sábado por la mañana (todo eso no va a inspirar mucho a los científicos en ciernes). Pero no hay vuelta atrás. No podemos simplemente concluir que la ciencia pone demasiado poder en manos de tecnólogos moralmente débiles o políticos corruptos, locos de poder y decidir deshacernos de ella. Los avances en la medicina y la agricultura han salvado más vidas que las que se han perdido en todas las guerras de la historia.

Los avances en el transporte, la comunicación y el entretenimiento han transformado el mundo. La espada de la ciencia es de doble filo. Más bien, su impresionante poder nos exige a todos, incluidos los políticos, una nueva responsabilidad: prestar más atención a las consecuencias a largo plazo de la tecnología, una perspectiva global y transgeneracional, es un incentivo para evitar recursos fáciles al nacionalismo y el chauvinismo. Los errores se están volviendo demasiado caros.

La ciencia es mucho más que un cuerpo de conocimientos. Es una manera de pensar. Este es el fundamento de su éxito. La ciencia nos invita a aceptar los hechos, aún cuando no se ajusten a nuestras ideas preconcebidas. Nos aconseja crear hipótesis alternativas y ver cuáles se adaptan mejor a los hechos. Nos impone un delicado equilibrio entre la apertura a nuevas ideas, que pueden resultar heréticas, y el escrutinio escéptico más riguroso de las nuevas ideas y del conocimiento establecido. Necesitamos un amplio reconocimiento de esta forma de pensamiento. Funciona. Es una herramienta esencial para una democracia en una época de cambio. Nuestra tarea no es sólo formar a más científicos, sino también profundizar en la comprensión pública de la ciencia

¿Somos muy malos? …Mucho

“Es oficial”, reza un titular de periódico. “Apestamos en Ciencia.” Menos de la mitad de los estadounidenses saben que la Tierra se mueve alrededor del Sol y tarda un año en hacerlo, un hecho establecido hace siglos. En las pruebas realizadas a alumnos de una media de 17 años en varias regiones del mundo, Estados Unidos ocupó el último lugar en álgebra. En pruebas idénticas, los niños de EE.UU. sacaron un promedio del 43 % y los japoneses del 78 %. En mi clase, el 78 % es bastante bueno, corresponde a notable o incluso sobresaliente, 43 % es un suspenso. En las pruebas de química, sólo los estudiantes de dos de los trece países lo hicieron peor que los Estados Unidos.

En comparación con nosotros, Gran Bretaña, Singapur y Hong Kong estaban tan altos que casi se salían de la escala, y el 25 % de los canadienses de 18 años sabía exactamente tanto de química como un selecto 1 % de los estadounidenses de último año de secundaria (en su segundo curso de química, y la mayoría de ellos en programas “avanzados”). Lo mejor de 20 aulas de quinto grado en Minneapolis fue superado por cada una de las 20 aulas de Sendai, Japón, y 19 de 20 en Taipei, Taiwán. Los estudiantes surcoreanos fueron muy por delante de los estudiantes estadounidenses en todos los aspectos de matemáticas y ciencia, y los de 13 años en la Columbia Británica (oeste de Canadá) superaron de largo a sus homólogos de EE.UU (en algunas zonas lo hicieron mejor que los coreanos). De los niños de EE.UU, el 22 % dicen que no les gusta la escuela, sólo el 8 % de los coreanos lo dicen. Sin embargo, dos tercios de los estadounidenses, pero sólo una cuarta parte de los coreanos, dicen que son “buenos para las matemáticas.”

Por qué suspendemos

¿Cómo la Columbia Británica, Japón, Gran Bretaña y Corea lo hacen mucho mejor que nosotros?

Durante la Gran Depresión, los maestros disfrutaron de seguridad en el empleo, buenos salarios, y respeto social. La enseñanza era una profesión admirada, en parte porque el aprendizaje fue ampliamente reconocido como el camino para salir de la pobreza. Poco de eso es cierto hoy en día. Y así la enseñanza de ciencia (y otras materias) es muy a menudo hecha de forma incompetente o poco motivadora, sus practicantes, sorprendentemente, tienen poca o ninguna formación en sus temas, a veces son incapaces de distinguir la ciencia de la pseudociencia. Los que tienen formación a menudo obtienen empleos mejor remunerados en otros lugares.

Necesitamos más dinero para salarios y formación de profesores, y para los laboratorios, para que los niños tengan una experiencia práctica en lugar de sólo leer lo que está en el libro. Pero en todo Estados Unidos, las propuestas para aumentar el gasto en Educación son habitualmente derrotadas en la votaciones. Los padres de EE.UU. están mucho más satisfechos con lo que sus hijos están aprendiendo en ciencia y matemáticas que, por ejemplo, los padres japoneses y taiwaneses, cuyos hijos están haciendo mucho mejor. Nadie está diciendo que sean necesarios impuestos para limitar la cantidad de televisión que embota la mente de sus hijos.

Qué podemos hacer

En los Estados Unidos, los que tienen mejor opinión sobre la ciencia tienden a ser jóvenes, prometedores, varones blancos con educación universitaria. Sin embargo, tres cuartas partes de los nuevos trabajadores estadounidenses de aquí a 2001 serán mujeres, no blancos e inmigrantes. Discriminarlos no sólo es injusto, sino también autodestructivo. Priva a la economía estadounidense de trabajadores cualificados que necesita desesperadamente.

Los estudiantes negros e hispanos lo están haciendo mejor ahora en las pruebas estandarizadas ciencia que en la década de 1960, pero son los únicos que mejoran. La brecha promedio en matemáticas entre blancos y negros en secundaria en  EE.UU.  sigue siendo enorme, de dos a tres puntos, pero la brecha entre blancos EE.UU. de secundaria y los de, por ejemplo, Japón, Canadá, Gran Bretaña o Finlandia es más del doble. Si usted está poco motivado y deficientemente educado no va a aprender mucho, no hay ningún misterio aquí. Los negros de los suburbios con padres universitarios lo hacen igual de bien en la universidad que los blancos suburbanos con padres universitarios. Inscribir a un niño pobre en un programa Head Start duplica sus posibilidades de trabajar posteriormente, uno que completa un programa Upward Bound tiene cuatro veces más probabilidades de obtener una educación universitaria. Si nos lo tomamos en serio, sabemos qué hacer.

¿Qué pasa con la universidad? Hay pasos obvios similares a los que deben adoptarse en las escuelas secundarias: salarios de los maestros que se aproximen al que podrían ganar en las empresas, más becas, equipo de laboratorio, exigir enseñanza de laboratorio para graduarse, y prestando especial atención a los que tradicionalmente se alejan de la formación científica. También debe proporcionarse el estímulo económico y moral para que los científicos académicos dediquen más tiempo a la educación pública, conferencias, artículos en periódicos y revistas y apariciones en televisión.

Para ello es necesario que los científicos se hagan entender y que resulte ameno escucharles. A mí me parece extraño que algunos científicos, que dependen de la financiación pública para su investigación, sean reacios a explicar al público qué es lo que hacen. Afortunadamente, el número de científicos dispuestos a hablar con el público-y a hacerlo bien-ha ido en aumento. Pero todavía no son suficientes.

Prácticamente todos los periódicos de Estados Unidos tienen una columna de astrología diaria. ¿Cuántos tienen una columna de ciencia todos los días? Cuando yo era niño, mi padre traía a casa un diario y se enfrascaba (a menudo con gusto) en el cuadro de resultados del béisbol. Allí estaban, con oscuras abreviaturas (W, SS, SO, WL, AB, RBI), que a mí me resultaban tan áridas como el polvo, pero que a él le hablaban. Periódicos de todas partes los imprimían. Pensé que tal vez no era demasiado difícil para mí. Con el tiempo me vi inmerso en el mundo de las estadísticas de béisbol (sé que me ayudaron en el aprendizaje de los decimales.)

O echemos un vistazo a las páginas financieras. ¿Hay alguna introducción? ¿Notas explicativas? ¿Definiciones de las abreviaturas? A menudo ninguna. Es nadar o hundirse. ¡Todas esas hectáreas de estadísticas! Sin embargo, la gente voluntariamente, lee esas cosas. No está fuera de su capacidad. Es sólo una cuestión de motivación. ¿Por qué no podemos hacer lo mismo con las matemáticas, la ciencia y la tecnología?

Con mucho, el medio más eficaz para aumentar el interés en la ciencia es la televisión. Hay un montón de pseudociencia en la televisión, una buena cantidad de medicina y tecnología, pero casi nada de ciencia, especialmente en las tres grandes cadenas comerciales, cuyos ejecutivos piensan que programar ciencia significa bajar los índices de audiencia y perder beneficios, y nada más importa. ¿Por qué en toda América no hay una serie de televisión que tenga como protagonista a alguien dedicado a averiguar cómo funciona el universo?

Los proyectos revolucionarios en ciencia y  tecnología atraen e inspiran a los jóvenes. El número de doctorados en ciencias alcanzó su punto máximo alrededor de la época del programa Apolo y disminuyó posteriormente. Se trata de un importante efecto secundario de proyectos tales como el envío de humanos a Marte, el Supercolisionador superconductor para explorar la estructura fina de la materia, o el programa del genoma humano.

De vez en cuando, tengo la suerte de enseñar en una clase de preescolar o primer grado. Muchos de estos niños son curiosos e intelectualmente despiertos, hacen preguntas provocadoras y perspicaces, y muestran un gran entusiasmo por la ciencia. Cuando hablo con los estudiantes de secundaria, encuentro algo diferente. Se saben de memoria los “hechos”. Pero, en general, la alegría del descubrimiento, la vida detrás de esos hechos, ha desaparecido. Están preocupados por no hacer preguntas “tontas”. Están dispuestos a aceptar respuestas inadecuadas, que no planteen nuevas preguntas.  Se miran de soslayo buscando la aprobación de sus compañeros. Algo ha sucedido entre el preescolar y secundaria, y no es sólo la pubertad. Supongo que es, en parte, la presión de grupo para no sobresalir (excepto en deportes); en parte que la sociedad enseña la gratificación a corto plazo; en parte la impresión de que la ciencia o las matemáticas no le comprarán un coche deportivo; en parte lo poco que se espera de los estudiantes y en parte que hay pocos modelos para una discusión inteligente sobre ciencia o tecnología o para aprender por sí mismos. Pero hay algo más. Muchos adultos se incomodan cuando los jóvenes plantean cuestiones científicas. Los niños preguntan por qué el Sol es amarillo, o qué es un sueño, o hasta qué profundidad se puede cavar un agujero, o cuándo es el cumpleaños del mundo, o por qué tenemos dedos en los pies. Demasiados maestros y padres responden con irritación o ironía, o cambian de tema. ¿Por qué los adultos pretenden ser omniscentes ante alguien de cinco años? Nunca podré entenderlo. ¿Qué hay de malo en admitir que no se sabe? Los niños aprenden pronto a reconocer que, de alguna manera, este tipo de preguntas molestan a muchos adultos. Unas cuantas experiencias como ésta, y otro niño perdido para la ciencia.

Hay muchas respuestas mejores. Si tenemos una idea acerca de la respuesta, podemos tratar de explicarla. O si no, podemos ir a la enciclopedia o a la biblioteca. O podemos decir al niño: “No sé la respuesta. Tal vez nadie lo sabe. Tal vez cuando crezcas, seas el primero en averiguarlo”.

Pero el simple estímulo no es suficiente. También debemos dar a los niños las herramientas necesarias para separar el trigo de la paja. Estoy obsesionado por la visión de una generación de estadounidenses que no pueden distinguir la realidad de la fantasía, que llevan anteojos ajustados a su propios prejuicios, sin capacidad ni siquiera para formular las preguntas correctas o para reconocer las respuestas. Quiero que rescatemos al señor Buckley y a millones como él. También quiero que dejemos de convertirnos en adultos plúmbeos, sin curiosidad ni imaginación. Creo que Estados Unidos necesita y merece una ciudadanía con la mente despierta y una comprensión básica de cómo funciona el mundo.

La comprensión pública de la ciencia es más esencial para nuestra seguridad que media docena de armas estratégicas. El peor que mediocre rendimiento de los jóvenes americanos en ciencia y matemáticas, y la ignorancia y la apatía generalizada de los adultos sobre la ciencia y las matemáticas, deberían hacer sonar la alarma.

Carl Sagan. 1989

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3 comentarios to “Carl Sagan, profeta en el país de la Biblia”

  1. Confusio Says:

    No busco “adeptos”, busco lectores. Si un artículo de Carl Sagan no crees que merece el esfuerzo de leerlo más vale que lo dejes. ¿Quién necesita “adeptos” así?

  2. Nichole Says:

    Que rollo tío. Creo que si lo pusieras más corto y claro tendrías más adeptos en tu blog, porque lo que dices sí que vale algo al fin y al cabo. Cuando puedas me haces un resumen que me gustaría publicarlo en mi facebook.

  3. Mr.Kosta Says:

    Incluso antes que Sagan, ya lo decía Goya en sus Caprichos: “El sueño de la razón produce monstruos”

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