La triste muerte del ateo

Tábano sacramental regurgitando los santos óleos sobre un moribundo

La muerte es triste, pero la del ateo más porque parece que una de las obligaciones del buen cristiano es intentar hasta el último momento la vuelta al redil de la oveja descarriada sin desfallecer, sin desanimarse y sin respetar ni su voluntad ni su conciencia. Este atentado a la intimidad y a la dignidad del descreído se hace por amor. O más bien por ese amor al alma inmortal que convierte a los creyentes en desalmados.

Imagínense que en el lecho de muerte de Carol Wojtyla se hubiese presentado un filósofo materialista a persuadir al moribundo de que no hay más vida que ésta. Qué crueldad, ¿no?…  Pero el filósofo podría decirnos que argumentar contra la vida perdurable también puede hacerse por amor al prójimo, porque así se disipa su profundo temor a condenarse. Un temor que, en el caso de un Papa, no debe ser desdeñable.

El filósofo David Hume padeció la visita de Boswell en sus últimos momentos y el que salió cargado de dudas sobre la eternidad fue el visitante. Thomas Paine, autor de algunos de los textos más importantes de la independencia americana, tuvo que soportar las exhortaciones de un pastor impertinente hasta el mismo momento en que cerró los ojos. Murió mandándole amablemente a paseo porque, a pesar de sus dolores, conservaba el juicio y la educación. Sus últimas palabras fueron: “No deseo creer tal cosa. Buenos días”.

Las derrotas de estos misioneros necrófilos no han bastado para desmentir el mito del ateo que muere convirtiéndose a la fe en el último minuto. Un mito que, aunque fuese cierto, lo único que demostraría es que la gente tiene miedo a la muerte y que la agonía enturbia la razón. Tengo la certeza de que a infinidad de creyentes también les asaltan dudas en los últimos momentos. Naturalmente, estas dudas no son divulgadas por los allegados al difunto. Sería de muy mal gusto, ¿verdad?

Borges tuvo que dedicar sus últimos momentos a escuchar sandeces en boca de un sacerdote, que rondaba su cama como la mosca Sarcophaga.  En sus textos y entrevistas queda claro que no hay nada claro respecto a las creencias profundas de Borges. Lo único que permanece invariable es la ironía con la que siempre trató la religión y a la iglesia. Lo mismo podríamos decir de Oscar Wilde, cuyas opiniones al respecto eran bien conocidas, pero que también tuvo que soportar idéntica persecución hasta su último refugio. El sacerdote que lo acosaba en sus estertores dice que dedicó los últimos momentos de lucidez a reconciliarse con la Iglesia. Naturalmente, no hay más testigos.

Los sacerdotes han puesto mucho empeño en construir la leyenda del ateo pidiendo la extrema unción. Ya se sabe que el primer mandamiento es “amarás a Dios sobre todas las cosas”. Sobre la verdad, por ejemplo.

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2 comentarios to “La triste muerte del ateo”

  1. El joven católico Says:

    La luchadora Organización Contra Ateos y Sodomitas (LOCAS) ya está en su búsqueda para llevarlos ante los tribunales de la nueva Santa Inquisición.

  2. srcincuenton Says:

    En eso también gana el grandioso, increado e inconmensurable dios pastafari SFM que acepta confesiones incluso post-mortem.

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