¡Ofendeos!

Una imagen con la que nadie se ofendió

El asunto de la censura de las caricaturas de Jesus and Mo me inspira este artículo, porque, aunque la cosa haya acabado satisfactoriamente, no será la última vez que la polémica nos lleve a preguntarnos un par de cosas. ¿En qué consiste el derecho a no ser ofendido? Como siempre, hay que definir los términos ¿qué es una ofensa?

Porque lo cierto es que a mí hay chistes que me escandalizan y supongo que a vosotros os pasa lo mismo. Los del concurso iraní de chistes sobre el Holocausto, por ejemplo. No me parece inapropiado que comparen el exterminio de judíos con la persecución de los palestinos o que llamen nazis a las autoridades israelíes, pero sí que sugieran o directamente afirmen que el Holocausto no existió. Pero es diferente, lo que nos escandaliza es que se justifique un crimen y se acuse a las víctimas de farsantes. No depende de las creencias de cada cual. Incluso los autores de las caricaturas que digo estarían de acuerdo en que no es ético acusar a una víctima de inventar su desgracia.

Buscando brevemente en la página de mi admirado Montt he encontrado chistes ofensivos o que no tratan con respecto valores que muchos consideran, si no sagrados, por lo menos fundamentales en la vida. Por ejemplo, en esta se ríe del arte conceptual y en esta del budismo zen. Y ¿qué pasa si has dedicado toda tu vida a cultivar alguna de estas dos cosas? ¿Tus sentimientos ofendidos pueden justificar que impongas la censura si tienes poder suficiente? Pero Montt también se ríe del amor (mucho), de la amistad y hasta del tráfico de órganos. Se ve que nadie considera eso lo suficientemente sagrado.

De todo lo anterior se concluye que, difamación de víctimas aparte, el problema no es que alguien se ría públicamente de cosas que apreciamos o respetamos. Eso va a pasar siempre. El problema son las cosas llamadas sagradas o venerables. ¿Cómo llega algo a ser sagrado?

El creyente siente reverencia, sumisión y temor por el protagonista de su sistema de creencias, que suele ser Dios, y  por todo lo que puede relacionarse directamente (o no tan directamente) con él. Esta reverencia forma parte de un acuerdo del creyente con un ser sobrenatural y poderoso que exige que se le rinda pleitesía por encima de cualquier otra cosa. De este acuerdo el creyente obtiene cierta sensación de protección, de pertenencia a un grup, un sentido a su existencia, pero, sobre todo, inmortalidad. Estarán de acuerdo que, ante esta última contrapartida, el trato parece razonable.

Muchos creyentes no estarán de acuerdo con este enfoque porque su sentimiento de veneración está muy interiorizado y les parecerá que está feo calcular lo que se da y lo que se pierde en un trato con la divinidad, pero Mahoma lo hace constantemente en el Corán. Tampoco los jesuitas tenían reparos y San Ignacio hablaba de “mirar por nuestro negocio” refiriéndose a la salvación de nuestra alma. La idea de llamar contrato a  la alianza de Dios con los hombres la he sacado de él.

El contrato del creyente con la divinidad no es únicamente personal, necesita imponerse a toda la sociedad. El creyente que reverencia a Dios o a Alá cree firmemente que su contrato es superior al contrato social e incluso obliga a todas las criaturas. Los pájaros cumplen el trato cantando y los peces saltando, pero de los hombres Dios espera algo más. Javhé esperaba veneración por parte del pueblo de Israel y, cuando no la obtenía se enfadaba mucho. El creyente nos considera a todos miembros de su parte contratante.

La blasfemia provoca en el creyente irritación y angustia porque supone un incumplimiento del contrato entre la sociedad y la divinidad. Pretenden que todos cumplamos un contrato cuyas condiciones son inaceptables. Muchos opinamos que una de las partes ni siquiera existe. Esta parte divina (en adelante Dios) recompensará a los que le adoren de la manera que crea conveniente, en este mundo o en otro que sospechamos que tampoco existe. Dios se considera autorizado a hacer lo que quiera y puede rescindir o modificar el contrato si le disgusta la conducta de alguien. Por si fuera poco, los intereses e intenciones de la parte divina no son manifiestos sino que son interpretados por unos expertos en textos sagrados según tradiciones contradictorias entre sí.

Iba a hacer un chiste sobre contratos draconianos y tiempos de crisis, pero no es gracioso.

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