Jesuitas en la Tierra del Preste Juan

He encontrado dos obras muy interesantes sobre la aventura de los jesuitas en Etiopía. Son dos estudios de Martínez d’Alós y colaboradores sobre los misioneros y sus conflictos en la época de la contrarreforma

La_mision_jesuita_a_Etiopia_1557-1632_entre_la_ambicion_y_la_utopia

Paul and the other: the Portuguese debate on the circumcision of the Ethiopians

Para mí, Etiopía es importante porque es un ejemplo de cristianismo no romanizado y creo que refleja cuál es verdaderamente la aportación del cristianismo a la civilización europea. Las personas de ideas religiosas insisten en que la religión cristiana es un componente fundamental de la ética de las libertades y la solidaridad que está presente en los principios de la ilustración, sin embargo, yo creo que la declaración de los derechos del hombre es una obra con muy escasa influencia oriental. Es producto del logos griego y del derecho romano. Un ejemplo de lo que sería el cristianismo sin esos dos elementos lo tenemos en el cristianismo etíope.

Francisco Javier, fundador de los jesuitas ya tuvo intención de viajar a Etiopía, entonces llamada la Tierra del Preste Juan, donde los portugueses habían establecido contactos y habían enviado un embajador a la corte etíope. En una carta dirigida a su compañero Diego Miró le pedía que reconsiderara su renuncia a ser el confesor de João III, rey de Portugal, pues desde esa posición podría influir en el proyecto de Etiopía, con lo que se conseguiría la salvación, “no digo de muchas ánimas, sino de muchas provincias”. Ingenuamente, los jesuitas intentaban convertir imperios orientales de la misma manera que los primeros cristianos habían convertido a los emperadores romanos. Para ello buscaban en las cortes de China, Japón, la India o Etiopía el equivalente de la conversión del Emperador romano Constantino. Es decir, intentaban el triunfo de la fe “desde arriba”, de manera que, a golpe de edicto, se convirtieran millones de almas, que es más rápido y descansado que andar socorriendo leprosos y mendigos.

Hacia 1549, el “lobby” pro-jesuita en Roma, encabezado por el etíope convertido Tasfa Seyon, conseguiría de Pablo III el nombramiento de varios obispos jesuitas para Etiopía, con el apoyo de las clases dirigentes en Portugal y la envidia de grupos religiosos rivales, principalmente los dominicos. Pero el optimismo se enfrió rápidamente al descubrir que en Etiopía se practicaba un cristianismo veterotestamentario. Alessandro Valignano (1539–1606), visitador de las misiones orientales escribe: “Estos Abisinios son cristianos, aunque mantienen muchas ceremonias judaicas, que mezclan y confunden con nuestra fe, no siendo ni cristianos ni judíos, ya que junto con el bautismo circuncidan y, así como santifican el domingo también mantienen el sabbath, realizan baños rituales, no comen cerdo y observan muchos ritos y ceremonias de los judíos”.

Semejantes revelaciones llegaban en mal momento. En España y Portugal se perseguía tenazmente a los judíos. En 1527 llegó una embajada Etíope a Lisboa en la que iba el monje Saga Za Ab. Su fuerte personalidad chocó con el fundamentalismo católico y tuvo que enfrentarse a lo que de facto constituyó un proceso inquisitorial. Saga Za Ab pasó su visita tratado como un detenido y teniendo que explicar en largos interrogatorios por qué el cristianismo etíope mantenía ritos judíos. En Portugal se prohibió el libro de Damiäo de Goes. Fides religio, moresque sub imperio Pretiosi Ioannis …, porque explicaba las prácticas cristianas etíopes y podía servir de defensa a los judaizantes.

Así que los jesuitas se propusieron corregir las herejías de los cristianos etíopes. Sin embargo los objetivos de Portugal aconsejaban aparcar el tema de la ortodoxia. Los portugueses pretendían disputar el Mar Rojo a los turcos. Una vez abandonado este proyecto por el Rey João III, los jesuitas pasaron a tener una postura más beligerante en lo religioso.

Los jesuitas establecieron una base  en la província norteña del Tigré, pero el grupo de seis misioneros languideció aislado del poder político y religioso, viéndose así dedicado a ejercer un apostolado“de parroquia” con los pocos centenares de portugueses que se habían establecido en el país, supervivientes de los 400 que lucharon al lado del ejército del negus etíope contra sus vecinos musulmanes y que fundaron una comunidad mestiza, los Burtukan. La actitud jesuita era diferente a la que mantenían en la India o en China, donde se mostraban tolerantes con las costumbres locales. Los chinos o los hindús eran infieles e idólatras, pero los etíopes eran algo peor: eran herejes. La insistencia de los jesuitas en imponer la ortodoxia católico-romana chocó con costumbres atávicas de la población, tales como la circuncisión, la fácil disolución del matrimonio y la poligamia, muy extendida entre la nobleza. Esto les enfrentó con influyentes miembros de la corte y con las concubinas.

Visto que la cosa no prosperaba se inició una segunda etapa más prudente en la que buscaron el apoyo de los nobles etíopes y rehuyeron el enfrentamiento con la iglesia local. Los jesuitas enviaron a Etiopía a sus más doctos padres. A partir de 1615 empezaron una labor de traducción de textos exegéticos al geez y al amárico, las lenguas cultas de Etiopía. El 1 de noviembre de 1621, consiguen que el negus haga profesión solemne de adherencia al Catolicismo y promueva una serie de reformas religiosas inspiradas por los padres jesuitas.

Los jesuitas en Etiopía tuvieron siempre mala prensa. Las propias fuentes misioneras a inicios del siglo XVII detallaban como éstos eran a menudo vistos como “ferenji” o “turcos” por sus costumbres, tales como el consumo de cerdo, la prohibición de la circuncisión y no respetar el shabat. De hecho, la no circuncisión de los misioneros y de los neófitos se convirtió en un grave problema pues se trataba de un rito esencial para muchas de las sociedades, cristianas o paganas, que habitaban en el altiplano etíope. El incircunciso era visto como un salvaje. En amárico, incircunciso (yaltägärräzä) es sinónimo de “mal educado, insolente, rudo y vulgar”.

Además, algunas de las prácticas religiosas impuestas por los misioneros representaron un auténtico choque cultural para la religiosidad etíope. Así,el carácter más abierto de la religiosidad promovida por los jesuitas provocó recelo cuando no rechazo entre la población. En las iglesias etíopes la gente se suele situar en relación a su grado de “pureza”. Los fieles etíopes se congregan alrededor del edificio pero raramente dentro. En contraste, en los templos católicos podía entrar todo el mundo, incluidos enfermos y mujeres menstruantes. Así se generalizó entre los cristianos etíopes la imagen del templo católico como de un espacio contaminado, impuro. Además, los europeos hacían una constante exhibición de imágenes sagradas y reliquias, mientras que la iglesia etíope trata las imágenes con gran veneración, las mantienen ocultas en el interior de las iglesias y solo las muestran en raras ocasiones.

Asimismo, tal como ocurriría en el Japón, la predilección de los misioneros jesuitas por la atención médica y la frecuente práctica de exorcismos, con ayuda de estampas de los santos jesuitas y de reliquias de San Francisco Javier, tuvo el efecto contrario al que se buscaba. Por un lado, la ayuda prestada a pobres y enfermos hizo que parte de los estigmas que la sociedad etíope lanzaba sobre las capas inferiores de la sociedad recayeran sobre los misioneros. Los exorcismos y prácticas mágicas eran comunes en Etiopía, pero no eran vistos con buenos ojos por los estamentos más elevados de la sociedad. Por ello,a los misioneros se les veía a menudo como partícipes de prácticas mágicas y nocivas y portadores del mal de ojo.

Finalmente, el aumento de misioneros y sobre todo la construcción de iglesias, hicieron que aumentara su dependencia de la misión respecto del estado etíope, que gastaba dinero y recursos para contentar a los jesuitas, creándoles fama de acaparadores y codiciosos.  Fueron perdiendo apoyos de manera que, poco antes de morir, el negus Susenyos publicaba un edicto declarando libertad de culto y privando a los misioneros de toda autoridad. Su hijo y sucesor, Fasilädäs, restableció la autoridad de la iglesia etíope tradicional y ordenó la expulsión de los misioneros.

¿No estará el cristianismo etíope más cerca el “auténtico” cristianismo primitivo? Es interesante comprobar que un cristianismo no romanizado resulta “judaizante” a ojos occidentales. Ya apuntamos que el cristianismo era originariamente una secta del judaismo y que fue la derrota de la sublevación contra Roma del año 66 lo que les llevó a renunciar a sus costumbres judías a medida que iba ganando implantación en la sociedad romana. Sin embargo, en el cristianismo etíope vemos que se conservan sin problemas muchos elementos judíos. Por otra parte, comprobamos que se trata de un cristianismo profundamente clasista y escasamente caritativo. La sumisión de la mujer es mucho peor que en el mundo romano (se admite la poligamia, sufren mutilación del clítoris…). Un cristianismo muy poco altruista, que jamás hubiera inspirado la declaración de los derechos ni la abolición de la esclavitud.

 

 

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