Un poco de teoría de la bondad

Bien-y-mal

Como soy ateo, carezco de un mandato divino respecto a cómo he de comportarme. No es tan grave si tenemos en cuenta que lo que mandan las escrituras cristianas, musulmanas o judías es una colección de ambigüedades, arbitrariedades y absurdos inaplicables.

Para solucionar este antiguo problema existe una parte fundamental de la filosofía que se llama ética. Así que ya está todo discutido desde hace siglos, pero, por si le sirve a alguien, he encontrado el siguiente resumen de las grandes líneas de pensamiento respecto a la ética en Geuras D., Garofalo C.,  2011 Ethics in Public Administration. Management concepts. USA. Me ha quedado un poco largo. Se siente.

Relativismo. El concepto de relativismo y en qué consiste es expuesto generalmente por gente que no cree en él. Se suele emplear como acusación dirigida a adversarios políticos. “Es usted un relativista moral” viene a querer decir que no tiene usted principios y, por tanto, no me fío ni un pelo. Sin embargo, un relativista puede argumentar que somos unos ingenuos o unos hipócritas porque no existen principios éticos universales que sirvan para cualquier grupo y cualquier época. El problema es que el jodido lleva razón.
Relativismo parece querer decir que todo el mundo puede tener su propio sistema ético. En eso consiste tener “una mentalidad abierta”. Si cualquier conjunto de normas es válido, parece que el único delito sería no ser consecuente, cambiar los baremos para nuestro propio beneficio. Aunque a eso se le puede llamar también “ser flexible”. Basta que una de las normas sea:”no respetar siempre las normas”.
Se ha acusado de relativismo moral a los multiculturalistas, para los cuales, que en Arabia Saudí te maten por blasfemar es localmente admisible, mientras que aquí es un atentado a tus derechos. De la misma manera, se verían obligados a respetar un sistema ético basado en los dados si existiera alguien que lo propugnase. Eso parece de poco calado para un sistema ético.

Naturalmente, es imposible una sociedad en la que nadie pueda imponer sus preceptos morales a los demás. Algunos pensamos (por fin me estoy mojando) que una sociedad consiste, precisamente, en unos preceptos morales comunes. Unos pocos son importantes y no debe tolerarse que sean transgredidos y luego vienen toda una jerarquía de prohibiciones, normas y costumbres cuyo cumplimiento es progresivamente discrecional.

Para los autores, está claro que los relativistas perfectos no existen. Es una opinión superficial, pura hipocresía, producto de la condescendencia post-imperialista. Nos impusimos a los pueblos del tercer mundo, les robamos y les esclavizamos. Nos sentimos culpables porque les debemos nuestra riqueza y, como contrapartida, debemos hacer gran ostentación de respeto por su cultura.

El único punto fuerte de los relativistas es que son capaces de atacar eficazmente cualquier sistema de valores que pretenda ser universal. Como la posmodernidad, sirve para destruir, pero no para construir nada.

Lo opuesto es el Absolutismo moral: Lo hay teleológico, deontológico, intuicionista y el de los teóricos de la virtud.

Teleológicos. El utilitarismo de Bentham-Mill sería un ejemplo, la felicidad es el objetivo (la máxima felicidad para el máximo de gente). Hay que hacer números y la opción óptima es la buena.  Pero la felicidad de la sociedad resulta difícil de evaluar, además ¿qué tipo de felicidad? ¿No nos conduciría eso a una sociedad de bobos felices? Mill ya se ocupó del tema y cayó en la cuenta que una sociedad de Sócrates amargados no era necesariamente una sociedad peor, sino más bien al contrario. Tuvo que introducir el concepto de “calidad de la felicidad” que resulta más difícil de evaluar todavía. Es decir, que rápidamente aparecen diversas consideraciones morales y estéticas que empiezan a desvirtuar la fiesta que se nos prometía.

Epicuro y los utilitaristas tienen muchos puntos en común. Y, atención, los cristianos y musulmanes también. La única diferencia es que para unos la felicidad de los individuos se materializa en el tiempo que les toca vivir y para los otros la felicidad puede ser eterna. Unos creen en el alma y los otros no.

Para las éticas teleológicas, el fin justifica los medios. Es lícito torturar al terrorista para que diga donde puso la bomba y es lícito quemar al hereje y censurar libros si con ello salvamos almas inocentes. Aún hoy en día hay corrientes religiosas de mucho peso en la Iglesia que defienden la “santa coacción”.

Kant se pregunta si es lícito sacrificar la vida de unos pocos (pobres o esclavos) si con ello incrementamos lo suficiente la felicidad de la mayoría. Los casos aplicables a decisiones políticas son innumerables y afectan a todos nuestros derechos. Pero también afecta a las decisiones políticas que tomamos como ciudadanos. Por ejemplo, ¿es lícito ocultar la información sobre las vacunas o tergiversarla si con ello perjudicamos a las farmacéuticas? Los antivacunas opinan que sí porque el enemigo es poderoso y no se le puede vencer solo con la verdad.

Deontología (básicamente Kant): La ética de una acción no radica en las consecuencias, sino en las características del acto en sí. Hay que tener principios y ser consecuente con ellos.

La difusión de las ideas de Kant sacó los colores a la moral religiosa y forzó a los religiosos a ser más exigentes en su ética personal. Las obras deben realizarse por amor y no por miedo al castigo. La denuncia y el desprestigio del creyente calculador ya había sido iniciada por algunos santos, pero había sido pospuesta en la contrareforma. Los jesuitas, por ejemplo, no tienen reparos en hablar del “negocio de nuestra salvación”.

La ética Kant es consistente, para él la regla de oro “compórtate con los demás como desearías que ellos se comportaran contigo” es una primera aproximación a este deseo de consistencia ética. Obedezcamos leyes que desearíamos que fueran universales. Es decir, no robaremos, ni asesinaremos porque nadie, ni los ladrones ni los asesinos querrían vivir en un mundo de ladrones y asesinos.

La segunda regla kantiana es tratar a los demás como un fin, no como un medio. La felicidad de los demás es importante y hay que tratarlos como seres libres. Un mecanismo para evitar el eudaimonismo cristiano, en el que los demás son empleados como un medio para lograr nuestra propia salvación.

Tuvo que añadir una tercera norma para soslayar las contradicciones que provocaban las dos primeras. Considera todos tus actos como si fueran reglas en un mundo de fines, entendiéndolo como un mundo en el que todos los fines converjan en un todo coherente. Una sociedad en la que los fines de unos son consistentes con los fines de los otros. El considerar los actos como leyes implica otorgarles una gran importancia y la característica de no poder ser separados del objetivo moral. El fin no justifica los medios, los medios deben parecerse al fin.

Kant era muy exigente y consideraba que si nos sentíamos satisfechos o felices por haber obrado bien, era que no lo habíamos entendido. La satisfacción personal es una concesión al eudaimonismo y una perversión de su sistema ético. No se trata de conseguir nuestra felicidad, sino de obrar justamente sin esperar NADA a cambio.

La ética deontológica se presta a la imposición de normas de vida sobre los demás. Nuestro imperativo categórico no tiene por qué coincidir con el del otro. Por otro lado, padece el defecto que tienen todas las aproximaciones al comportamiento humano anteriores a Darwin. Ignoran quienes somos: somos monos con zapatos.

El intuicionismo parece más realista en este aspecto. Viene a decir: seamos sinceros. Estamos usando nuestra sensibilidad moral para juzgar las teorías éticas. Por muy bien argumentado lógicamente que esté un sistema ético, si sus consecuencias atacan nuestra sensibilidad (justifican la tortura, por ejemplo) intentaremos encontrar sus incoherencias para atacarlo y elegiremos otro sistema que no colisione con nuestra sensibilidad. Entonces  ¿por qué no usamos directamente nuestra sensibilidad para juzgar la conducta? GE Moore es el intuicionista moderno y propone que tenemos un sentido innato para juzgar los actos. También B. Russell decía que se distinguía el bien del mal como se distingue el amarillo del azul. Es correcto, pero no ofrece mucha ayuda para solucionar los dilemas morales.

Viene a cuento una cita de Mencio, filósofo chino del S. IV AC: Si los hombres ven a un niño que está a punto de caer en un pozo todos sin excepción experimentarán un sentimiento de alarma y pesar. No se sienten así para ganarse el favor de los padres del niño, ni para buscar el elogio de sus vecinos y amigos, ni para evitar dar la mala impresión de no conmoverse por ello. Este caso nos permite percibir que el sentimiento de conmiseración es esencialmente humano.

El primatólogo Frans deWaal, escribe en el libro (El mono que llevamos dentro. 2007) : Es difícil imaginar que la psicología humana fuera radicalmente distinta antes de que surgieran las religiones. No es que la religión y la cultura no tengan papel alguno, pero está claro que los sillares de la moralidad anteceden a la Humanidad. En El sentimiento trágico de la vida, Unamuno afirma algo parecido sin recurrir a la biología. Mirando en nosotros mismos, no es el miedo al castigo o la búsqueda del premio lo que nos hace ser caritativos. Es algo más irracional, más profundo… y menos mezquino, desde luego.

Por último, siguiendo la clasificación de Geuras y Garofalo, tenemos a los frikis de la virtud. Un acto es moral en función de qué virtud demuestra en el sujeto que lo ejecuta. Es un traslado del problema hacia una vertiente más personal. Si nos preguntábamos si un acto era bueno o malo, ahora nos preguntaremos si el que lo ejecuta es virtuoso o miserable, si el acto demuestra generosidad o valor o, por el contrario cobardía o mezquindad. Creo que mucha gente utiliza a diario este tipo de juicios y considera que lo importante es la intención de las personas, más que las consecuencias de sus actos. “Puso una bomba, pero no era nada personal, lo hizo por ideología porque era un chico majísimo”, decían los vecinos de un etarra.

En realidad, apela a valores trasmitidos por la educación en el sentido más amplio. Me recuerda el final de “la hoguera de las vanidades”, en la que el juez exhorta a todos a ser decentes y todos parece entender en que consiste eso.

Falta preguntarse por qué ser generoso es bueno (sin caer en la teleología) y qué es mejor si ser generoso, patriota, sincero o valiente.

Los autores proponen emplear elementos de las cuatro escuelas y hacer un juicio de cualquier acción haciéndose estas cuatro preguntas básicas:

¿En que ayuda a mejorar el bienestar general?

¿Estamos siendo consecuentes con los principios fundamentales?

¿Qué sensación subjetiva me produce?

¿Qué dice el acto de la persona que lo ejecuta? ¿Podemos ponerlo como ejemplo de conducta?

(Si alguien quería respuestas, me temo que solo tenemos preguntas)

 

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Una respuesta to “Un poco de teoría de la bondad”

  1. outsider Says:

    Es muy interesante, desconocía esa clasificación del Absolutismo moral, de nombre solo conocía el deontológico y no lo consideraba absoluto. Lo que hace feliz en una época y lugar no es necesariamente lo mismo en otra época y lugar por lo que podría ser también relativista. Aún así coincido en que no se puede simplemente escoger una linea de pensamiento y considerarla verdad absoluta.

    Yo también me considero ateo y por tanto también veo el absurdo de las enseñanzas de las religiones en las que la venganza divina se solapa con su bondad, el libre albedrío es por tanto libre de verdad pues siempre encontrarán una doctrina que apoye sus actos y quizás esté ahí el secreto de su éxito.

    De todos modos la moral acaba dependiendo de la educación (en casa, en la sociedad y en el sistema educativo). Basta con ver que en este lado se considera exagerado el burka, y sin embargo no se tolera el nudismo en la calle aunque estemos a 40 grados cuando unos metros más allá se pueda ver a un montón de gente en calzoncillos y sostenes de colores o sin ninguna ropa.

    ¿Que hace moralmente aceptable practicar nudismo o estar en calzoncillos en la playa y no poderlo hacer en la calle? sobre todo si consideramos que el sol es perjudicial para la piel y que por tanto el lugar menos recomendado para ir sin ropa es la playa.

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