Posts Tagged ‘Alma’

Todo lo que siempre quiso saber sobre el espíritu

8 febrero 2016

¿Qué sabe la ciencia sobre el espíritu? ¿Es cierto que se ha fotografiado? ¿Es verdad que al morir perdemos 21 gramos?

El descubridor de los ectoplasmas, Baraduc, hacia 1860, pensó que el alma de los que morían podría verse gracias a una nueva tecnología revolucionaria: la fotografía. Hizo varias fotos de moribundos de su familia en las que se veían manchas blancas. Finalmente resultaron ser agujeritos en el fuelle de su cámara.

Soul_Photograph

MacDougall en 1901 pesó a seis personas moribundas en balanzas industriales. Comprobó que, al morir, se producía un descenso del peso de unos 21 gramos de media. Hizo el experimento con perros y no había pérdida. Conclusión: el alma pesa 21 gramos y los perros no tienen. El físico Augustus P. Clarke encontró la explicación: al dejar de respirar el cuerpo sufre un ligero calentamiento que aumenta la sudoración. Los 21 gramos son el peso del agua que se evapora en forma de sudor. Los perros no experimentan cambio de peso porque no sudan.

Resulta difícil enterarse de las conclusiones finales de todos estas experiencias grotescas y crueles. Los experimentos y las erróneas conclusiones de los que los hicieron se divulgaron ampliamente, pero las explicaciones racionales que ponían las cosas en su sitio, no. Así que los 21 gramos y los ectoplasmas han encontrado su lugar en la cultura popular y hay mucha gente, incluso teólogos como Matias Kuhnn, que creen que la existencia del alma está demostrada científicamente.

Más cerca de nuestro tiempo aparecieron estudios sobre las experiencias cercanas a la muerte y los viajes astrales. Hay mucha literatura científica escrita al respecto, pero las conclusiones no demuestran la existencia del alma, sino que se explican por el funcionamiento anómalo de nuestro cerebro en condiciones de falta de oxígeno. La sugestión y un abundante acervo cultural en nuestra memoria se ocupan de hacer encajar esas experiencias desconcertantes en una historia congruente con nuestras creencias, un viaje del alma fuera de nuestro cuerpo.

La dualidad cuerpo y espíritu está muy asentada en nuestra cultura y habrá quien piense que tampoco es tan malo que la gente crea esas cosas. Yo, por el contrario, pienso que no hay nada intrínsecamente bueno en que las personas crean cosas falsas.

Una prueba es el integrismo religioso. Los fanáticos religiosos simplemente son consecuentes hasta el último extremo. Hasta donde los demás creyentes no se atreven por comodidad o por debilidad. Si creemos en el alma y en la vida eterna, la salvación y la condena se convierten en el asunto más importante de nuestra existencia. Pasamos a convertirnos en los angustiados guardianes de un tesoro de valor infinito. Un tesoro tan valioso que su conservación justifica cualquier barbaridad. La inquisición, la persecución religiosa, la censura y la dictadura teocrática están justificadas porque pretenden la salvación del máximo número de almas.

Afortunadamente, la sociedad laica producto de la ilustración ha dejado en suspenso los poderes religiosos y la salvación del alma ha pasado a ser asunto privado. Al menos de momento. Pero aún en el ese ámbito estrictamente personal, el alma es una creencia perniciosa. Por ejemplo, en este estudio encuentran que aquellos que ven el cuerpo como el mero envase del alma no toman buenas decisiones respecto a su salud. En el fondo se trata de una postura consecuente; parece que se esfuerzan por liberar cuanto antes su alma de las ataduras corporales.

Un par de resúmenes sobre el asunto, por si sentís curiosidad sobre ese asuntillo de la vida eterna:

http://www.psychologicalscience.org/index.php/news/releases/mind-versus-body-dualist-beliefs-linked-with-less-concern-for-healthy-behaviors.html

http://www.psychologytoday.com/blog/the-science-willpower/201208/is-your-mind-separate-your-body

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El piloto

26 octubre 2012

Nina Simone canta a la libertad de ser dueño de tu cuerpo. A veces sucede que perdemos esa libertad y esta pérdida, para los que no creemos en el alma, es morir parcialmente mucho antes de la muerte definitiva. Es difícil hacerse a la idea porque todos arrastramos un mito cultural muy arraigado: El alma, el personaje narrativo protagonista de la película de nuestra vida.

En Occidente el alma es el yo, nuestro carácter y nuestra memoria. Este personaje, además de eterno e indivisible, es indestructible, no admitimos la idea de que pueda ser fragmentado o erosionado por la enfermedad. La enfermedad es algo que le pasa al cuerpo, pero el alma sobrevive siempre y siempre está por ahí, en algún sitio, a salvo de las heridas y el desgaste de la materia. El alma viene a ser el piloto de la máquina. Tiene su puesto de pilotaje en algún lugar del cerebro y allí controla la memoria, el entendimiento y, sobre todo, la voluntad. Descartes ya se imaginó a este personaje a los mandos de la nave; incluso localizó el puesto de mando en la glándula pineal.

Tolstoi, en el preámbulo a la séptima parte de Guerra y Paz, escribe contra aquél que cree que la voluntad es producto de la fisiología del sistema nervioso: “aunque me lo demuestre como dos más dos son cuatro no le creeré porque yo ahora puedo alargar la mano y no alargarla”. El movimiento se demuestra andando y la existencia del alma estirando la mano cuando me parezca. A Tolstoi no le cabía en la cabeza que la fisiología pudiera explicar ese acto libérrimo.

La neurobiología nos ha descubierto un cerebro con áreas especializadas en aspectos parciales del análisis de la información, el procesamiento y el control de los músculos. Grandes asambleas de neuronas que se coordinan o se descoordinan dependiendo de nuestro estado de vigilia o incosciencia.

Recuerdo que intentaba explicarle a alguien el apasionante proceso de análisis de la información visual que ha investigado Crick (el del ADN) y mi interlocutor no parecía demasiado impresionado. Me dijo: “es simplemente la transformación de la imágen en señales eléctricas, los ojos son como una cámara y hay un televisor en el cerebro”. Vale, pero la pregunta es ¿quién está viendo el televisor? La neurobiología de la visión humana tiene un objetivo más profundo que consiste en analizar en qué consiste ese “ver el televisor” y el resultado es que no hay un protagonista último. La información no se concentra en un punto, sino que diferentes aspectos de la imágen (el color, el movimiento, los patrones regulares, la inclinación del horizonte…) se analizan por separado en grandes áreas extensas que dispersan, a su vez la información a otras muchas áreas… No hay ningún puesto de mando. El cerebro funciona sin piloto y una de sus propiedades es la de crear la ficción del piloto.

Para los creyentes incondicionales en el mito del alma, el estado vegetativo es un drama de incomunicación. En algún lugar del cerebro el alma, el piloto, está pelándose con unos mandos averiados. Mientras intenta desesperadamente hacer funcionar los controles, en el exterior unos materialistas perversos y sin principios están planeando matarlo. Los enemigos de la eutanasia intentan deliberadamente que la gente confunda el estado vegetativo con el síndrome del cautiverio.

Es contra ese mito cultural contra lo que tienen que luchar los infelices que abogan por la desconexión de la máquina que mantiene vivo a un ser querido. El marido de Schiavo, o el padre de Eluana deben combatir contra los consumidores de un mito novelesco que acompañan su ignorancia con un pueril afán justiciero y se creen con derecho a llamarles asesinos por la calle.

Anima animalia

22 mayo 2012

Uno de los aspectos que espero que un día me aclaren los creyentes es eso de si los animales tienen alma. A muchas señoras de misa dominical les entristece profundamente no encontrarse con sus mascotas en el más allá. Una eternidad con el difunto esposo puede hacerse muy larga sin esas carantoñas de Chuchi, tan entusiastas como desintereresadas. Que el cielo esté libre de gatos no nos sorprende porque son animales que siempre han ido a lo suyo, pero, ¿cómo van a quedar fuera los perritos, criaturas tan abnegadas, tan leales y tan nobles en sus afectos? El caso es que la Iglesia tiene colocado en cartel de “no se admiten perros” a la entrada de la Gloria y no parece que las cosas vayan a cambiar en los próximos siglos.

Si el perro supiese que no tiene alma, probablemente nos daría un mordisco

Creo que la pregunta es para todos los que creen en el alma, pero parece que los católicos son los que tienen el tema más trabajado. He consultado al teólogo de guardia y a la numeraria del Opus, pero mientras llega la respuesta he realizado alguna búsqueda por mi cuenta empezando por el siempre ameno Padre Feijoo.

En su discurso sobre la racionalidad de los brutos Feijoo se aproxima al problema poniendo en solfa la opinión de los cartesianos, que piensan que los animales son máquinas animadas. Descartes, equiparó los animales a los autómatas, aunque en cierta ocasión, la reina de Suecia le dió un buen corte porque le dió dos relojes y le dijo: “pues consiga que estos dos tengan descendencia” (Descartes debió decir “touché”). Ya en tiempos de Feijoo, Descartes estaba pasado de moda (eso dice él) y el mecanicismo había sido derrotado. Feijoo explica que los animales tienen un alma animal que es entre material y espiritual, como los vegetales tienen una alma vegetativa, porque la materia por sí sola, según el tomismo, no tiene actividad ni capacidad de sentir. Puestos a imaginar entes entre lo sólido y lo etéreo, pienso yo que las piedras quizá tengan alma mineral, los sellos, alma postal y las garrafas, alma garrafal.

Parece que Fray Benito usaba el término espíritu para agrupar y nominar todo lo que se ignoraba. Procesos bioquímicos, fisiológicos, neurológicos … todo eso cabía holgadamente dentro de la palabra “alma”. Feijoo se recrea en contarnos una buena retahíla de sucesos asombrosos protagonizados por animales que demuestran que estos tienen las tres potencias del alma; vegetativa, sensitiva y racional según Santo Tomás o memoria, entendimiento y voluntad según San Buenaventura. Se haga el despiece del alma como se haga, los animales poseen lo mismo que posee el hombre en mayor o menor grado.

Pero ahora ¿en qué ha cambiado el panorama? A Feijoo le molestaría comprobar que, de derrota en derrota, el mecanicismo ha llegado bastante entero hasta nuestros días. Ha habido muchas e importantes aportaciones a este problema por parte de la neurobiología (más bien mecanicistas). Por parte de la teología ha habido más bien pocas.