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Dios al paredón: La persecución religiosa en la URSS

16 abril 2017

En 1918, los revolucionarios rusos juzgaron a Dios por crímenes contra la Humanidad. Fue declarado culpable y condenado a muerte.

Desde 1721 hasta la revolución de 1917, la Iglesia Ortodoxa Rusa constituyó un órgano del estado zarista, y fue una herramienta de las campañas de rusificación. A cambio, la policía política del zar reprimió a todas las demás confesiones, como el catolicismo uniata, por ejemplo. El estado zarista permitió a la iglesia cobrar impuestos a los campesinos y era una de las principales poseedoras de tierras. Así que no es sorprendente que fuese considerada tan enemiga del pueblo como la monarquía de los Ulianov.

Aunque la erradicación de la religión era uno de los objetivos del estado, que fue oficialmente ateo del 28 al 39, las acciones contra la religión dependieron de los intereses políticos del momento y algunas organizaciones religiosas no fueron molestadas. Mucho peor trato sufrieron los budistas mongoles, que fueron prácticamente exterminados entre el 37 y el 39, acusados de espiar para los japoneses.

Entre 1917 y 1935 se afirma que unos 130.000 sacerdotes ortodoxos fueron detenidos, de los que 95.000 fueron fusilados.

El Estado, que había abolido toda la propiedad privada se incautó de los bienes de la iglesia y permitió el culto en unos pocos templos. Los que participaban en las ceremonias religiosas eran, sobre todo, ancianos y personas con poco que perder desde el punto de vista social o económico. Desclasados del régimen.

Otras estimas cifran en 50.000 los sacerdotes ortodoxos ejecutados desde la revolución hasta el final de la era Kruchev. Si tenemos en cuenta que las purgas de Stalin en el partido y el ejército se concretaron en 700.000 sentencias de muerte sólo durante el periodo Yezhov, (en el que se desarrollaron las purgas del Gran Terror), no puede decirse que se tratase a los sacerdotes peor que a los comunistas. Era mucho mejor ser acusado de proselitista religioso que ser extranjero o sospechoso de trotskista.

Los miembros de la jerarquía ortodoxa fueron eliminados de diversas maneras y sustituidos por personajes afines al régimen, muchos de ellos miembros del NKVD. En esto Stalin (que gracia… al escribirlo me ha salido “Satalin”) debió inspirarse en los emperadores romanos, que más o menos hicieron lo mismo.

Los presos religiosos del gulag tuvieron mejor suerte que sus compañeros ateos, porque Stalin dio un giro nacionalista paneslavo a la política de la URSS y, al igual que los zares, encontró muy útil a la iglesia ortodoxa para el proceso de rusificación. Desde el 41, impulsado por la invasión alemana, hasta 1957, la iglesia ortodoxa rusa y georgiana recuperaron privilegios y llegaron a abrirse al culto unos 22.000 templos (había 54.000 antes de la revolución) y se permitieron publicaciones religiosas. A los que les tocó recibir, en consecuencia, fue a los judíos porque Stalin empezó a dar rienda suelta a su vena antisemita. Finalmente, como consecuencia del proceso de desestalinización de Kruchev, se da una nueva persecución de la Iglesia Ortodoxa, bastante más moderada que la primera, y se cierran aproximadamente la mitad de iglesias.

Los crímenes soviéticos son un lugar común de la propaganda religiosa y aunque es innegable que hubo miles de personas que murieron solo por ser creyentes, culpar al ateísmo es una simplificación poco rigurosa, sobre todo porque el marxismo carece de textos canónicos en los que se exhorte a la persecución de los creyentes. A Marx, al menos, le parecía que la religión era una práctica que iría desapareciendo a medida que la sociedad evolucionase hacia el socialismo. Una consecuencia de la alienación, más que su verdadera causa. El exégeta oficial, Lenin, recoge la idea:

El proletariado revolucionario logrará hacer de la religión un asunto verdaderamente privado, en lo que respecta al Estado. Y en este sistema político, limpio de podredumbre medieval, el proletariado llevará a cabo una amplia y abierta lucha por la eliminación de la esclavitud económica, la verdadera fuente de la humillación religiosa de la humanidad. (Lenin: Socialismo y religión. 1905)

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