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Los otros integristas

10 febrero 2016

 

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Según el Mahabaratra, la carrera espacial hindú empezó hace miles de años. Un consejo: si estás en la India, lo más prudente es no reírse.

El integrismo hinduísta se ha adueñado de la India, al menos de su gobierno, en manos del Partido Bharatiya Janata desde 2014. Ya son tres los racionalistas asesinados, a los que hay que sumar un suicidio.

Malleshappa Kalburgi, profesor de literatura, fue asesinado porque, al parecer, ofendió los sentimientos religiosos hindúes; Govind Pansare, político del Partido Comunista y Narendra Dabholkar, presidente de un Comité por la erradicación de la superstición siguieron idéntica suerte. Rohith Vemula, estudiante de una casta “impura”, se suicidó al ser expulsado de la residencia de estudiantes y perder su beca. El integrismo hinduísta está recuperando la vieja tradición de la discriminación de castas.

El integrismo mata y amenaza a través de su brazo armado, el Rhashtriya Swayamsevak Sangh, un grupo paramilitar que quiere una India sin cristianos ni musulmanes y, por supuesto, sin ateos. Además, los hinduístas radicales tienen sus propias ideas sobre la ciencia. En el último Congreso Nacional de Ciencia, los asistentes pudieron escuchar a políticos del gobierno diciendo disparates como los que ilustran este artículo.

Y aquí, todavía, algunos medios occidentales siguen pensando que la India es el país de la no violencia y la espiritualidad y que hacer propaganda de gurús y santones es muy progresista.

Todo esto es muy tranquilizador, teniendo en cuenta que en Pakistán el integrismo islámico también se refuerza y que ambos países ha estado en guerra varias veces y que ambos tienen armas nucleares.

Viene el Mesías…¡huyamos!

14 marzo 2011

Decía Sábato que la guerra va haciendo cada vez más iguales a los contendientes y, si el conflicto dura lo suficiente, acaba siendo imposible distinguir el uno del otro. Esta es la triste impresión que me ha dejado la lectura de este libro sobre fundamentalismo judío en Israel.

Cuenta que en 1985, 22 niños murieron en un accidente de tráfico en la localidad de Petah Tikva. El Rabino Yitzhak Peretz, uno de los líderes del Partido Shas, afirmó por la televisión que el accidente era un castigo divino porque se había permitido a un cine abrir durante la tarde del Sabbath. Casi toda la prensa se le tiró encima, pero el caso es que el partido Shas mejoró sus resultados en las siguientes elecciones, incluso en Petah Tikva. El Shas es un partido que propugna un estado teocrático que se regiría por las leyes de Moisés. La Halacha, la sharia de los judíos. Los homosexuales deben morir lapidados, por ejemplo. Muchos rabinos en Israel ya no se avergüenzan de recordarlo en público. Haciendo un esfuerzo de tolerancia, algunos proponen que sean reeducados en instituciones especiales.

El rabino Kook, profeta del Gran Israel, creía en la inminente llegada del Mesías y que los judíos, con la ayuda de Dios, triunfarán sobre los gentiles y nos gobernarán para siempre, aunque no debemos preocuparnos porque eso será bueno para nosotros; los gentiles estamos en un nivel intermedio equidistante entre las almas de los judíos y las de los animales. Así que cuando llegue el Mesías, seremos mejor tratados que el ganado. Menos mal. Según el rabino, los avatares de la política no pueden hacer más que posponer durante poco tiempo la llegada del Mesías. Ni los más graves pecados de los judíos pueden alterar el curso de la Redención. Para él, el Holocausto es un castigo divino; los judíos europeos habían renunciado a la fe y habían descuidado los estudios talmúdicos, con lo que Dios consideró necesario darles un pequeño tirón de orejas. Otros rabinos han advertido que un nuevo Holocausto puede ocurrir si el estado de Israel firma acuerdos con los palestinos.

Los seguidores del movimiento mesiánico Gush Emunim (ahora se llaman los leales a la tierra de Israel) forman buena parte de la masa del partido religioso israelí. Su llamada a la irracionalidad es expresa: Satán, tal como describe la Cábala, es racional y versado en lógica; su poder debe ser combatido en ocasiones por medio de acciones irracionales. Esta irracionalidad sin complejos a mí me resulta especialmente siniestra. Sin embargo, muchos judíos religiosos y sus simpatizantes más moderados lo interpretan como un especie de divina locura producto de la alegría de estar viviendo en la tierra prometida.

Esta bendita locura va calando en la sociedad israelí y la gente ya está familiarizada con las afirmaciones estrambóticas de los rabinos y empiezan a aceptarse como normales. El conflicto está derivando hacia una guerra puramente de religión. Los sionistas seculares son meros instrumentos que, sin proponérselo, han ido llevando al pueblo judío hacia donde Dios ha predestinado. Pero ahora, los religiosos ya sienten que es el momento de dirigir el proceso. La participación activa de los rabinos en la operación Plomo Fundido contra Gaza, que ha sido denunciada por algunos soldados israelíes, es muy significativa y hubiera sido impensable en el siglo pasado.

Algún pro-israelí dirá que estos elementos desquiciados son una minoría folklórica, mientras que el fundamentalismo islámico es mayoritario en el otro bando… Pues sí, pero sólo de momento. El fundamentalismo religioso avanza en la sociedad israelí sin retroceder ni un metro de terreno ganado. Su control de la educación es creciente. Solamente la entrada masiva de judíos rusos en los ochenta frenó un tanto el proceso. Los partidos haredim (grupos religiosos, ultrarreligiosos y demencialmente religiosos) sacaron 16 diputados en las elecciones del 2009 (el parlamento tiene 120 escaños). Lo más gracioso es que estos haredim, que alientan continuamente la guerra, no hacen el servicio militar.

Judíos y palestinos son hermanos y van camino de ser hermanos gemelos. Por cosas de la vida uno es rico y el otro pobre, pero conservan un aire de familia. Y por lo que se ve, la demencia religiosa es su enfermedad congénita.

La tolerancia parasitada

13 enero 2010

Savater reflexiona acerca de la identidad europea y le parece que el debate está falseado por la presencia fantasmal de esos entes identitarios que clasifican a los individuos según su raza, su cultura o su religión. El propone que no nos preocupemos de lo que somos, sino de cómo estamos. Un interesante uso de estos dos verbos tan característicos del castellano (también del catalán). Las libertades y la convivencia están amenazadas por personas que consideran que lo importante es lo que ERES, y que debes declarar a los cuatro vientos quién ERES y que deben dejarte ser quien ERES (si no, pégales). Como si lo que uno es pudiera resumirse en una palabra.

“No tengáis miedo”, decía el Papa a sus fieles, urgiendoles a manifestar públicamente su fe y demostrar que, por encima de todo, SON católicos. ¿Qué se puede ser que estè por encima de ser católico? Nada, desde luego. Un verdadero creyente es católico (o musulmán o lo que sea) por encima de cualquier otra cosa. Por encima de ser ciudadano, por ejemplo.

El problema religioso aparece cuando las normas de conducta emanadas de los mandatos religiosos se colocan por encima de las obligaciones democráticas que impone la sociedad civil. Y esa es la principal aspiración de los religiosos (no sé si de los integristas o de todos), porque NADA puede estar por encima de sus normas religiosas. Así, definiríamos a un integrista como aquél que establece este tipo de jerarquía normativa y considera su obediencia a las normas democráticas es una lacra temporal que hay que soportar para no ser perseguido, a la espera de poder, finalmente y con la ayuda de Dios, implantar las normas de la verdadera justicia, que son la que Él dicta a través de los textos sagrados. Los religiosos sólo son tolerantes sólo cuando son pocos. Cuando aumentan su número pasan a ser pacientes. Cuando por fin son suficientes, su paciencia con el resto de la humanidad se agota. Mientras tanto, las libertades del sistema democrático son útiles para hacer proselitismo y conseguir parcelas crecientes de poder. En el interín resulta útil afianzar el concepto de “diálogo de religiones” porque así obispos, mulás y rabinos se convierten en portavoces de sus respectivas religiones y pasan a ser escuchados, ganándose una exagerada consideración social que en absoluto se merecen (recordemos que no son elegidos de forma democrática, así que resulta difícil saber a quién representan).

El cristiano no debe escandalizarse si colocamos la Constitución por encima de los diez mandamientos y el musulmán debe entender que está también por encima del Corán. En caso contrario, estamos ante un integrista, un parásito de la tolerancia.