Posts Tagged ‘posmodernidad’

Orden alfabético y teología

8 febrero 2013

18_filosofiaLeemos en el volumen de Historia de la Filosofía de la Enciclopedia del Estudiante Santillana (dirigida por Emilo Lledó Íñigo) esta descripción de la Enciclopedia de Diderot:

En cierto modo, la Enciclopedia, ordenada alfabéticamente, es el nuevo planteamiento del viejo deseo del hombre de pronunciar las palabras mágicas de Dios, capaces de entregar el conocimiento de todos los seres y, por tanto, su dominio. (…) Sin saberlo quizá los ilustrados, la idea de un saber total, ordenado en un libro y al servicio del hombre, un saber que imitara el saber de Dios, procedía en último extremo de la teología.

Me llama la atención lo barata que les resulta la especulación a los intelectuales posmodernos. Su capacidad para advertir intenciones que se le habían escapado a todo el mundo es asombrosa. De un plumazo hemos convertido la enciclopedia y el enciclopedismo en un ejercicio de superstición comparable a la lectura de la cábala o a la creación del Golem.

Supongo que cualquier diccionario, o enciclopedia, o la Wikipedia misma también pueden considerarse poseídas del mismo afán religioso (sin saberlo… en cierto modo… inconscientemente… ponga aquí su locución adverbial favorita).

Movido por la envidia, yo también buscaré las intenciones inconfesables del que redactó este texto. He decidido que se trata de una persona cargada de prejuicios religiosos (sin saberlo… de algún modo… ). Como le resulta imposible defender el discurso religioso, lo único que puede hacer es desprestigiar todos los discursos que lo contradigan. Y qué mejor argumento para desprestigiar una obra que tacharla de religiosa.

¿Oscurantista yo?

19 mayo 2011

Carl Andre. Equivalent VIII ¿Arte oscurantista?

La posmodernidad que nació en Francia, pasó a los EEUU y de ahí al resto del mundo, se podría resumir en que el «mundo exterior» es fruto de nuestras estrategias interpretativas; que no hay ni puede haber una ciencia aséptica ni un discurso racional; que detrás de un argumento cualquiera se encuentra siempre emboscada la voluntad de poder de quien lo esgrime. Así lo resume Álvaro Delgado-Gal en “Posmodernismo: El revés de la trama“. Revista de Libros, 15. Caja Madrid 1998. Lo que va en cursiva es suyo.

Creo que explica con bastante claridad la patética degeneración de parte de la izquierda:

Los socialistas creían en la Razón. Los socialistas marxistas, en una Razón que no estaba instalada institucionalmente ni podía estarlo hasta que se hubiese consumado la derrota del capitalismo, pero que, aún así, era eso, la Razón, algo absoluto y universal. Los multiculturalistas americanos y afines, no creen sin embargo en la Razón.

Es una tentación presente en ciertos sectores de la sociedad americana: la de cortocircuitar la política, y contraponer, a los valores de la mayoría, los valores del grupo al que respectivamente pertenecen. Las feministas anglófonas, por ejemplo, repiten mosqueadas aquello de que la Historia es His-tory (su Historia, la de ellos), el juego de palabras nació como chiste, pero hay gente con la que no se puede bromear.

Las gender-feminists no reclaman igualdad de derechos ante la ley (…) sino una interpretación o apropiación del mundo en clave femenina. Una ciencia femenina, una historia femenina, una lógica femenina.

El resultado es una nueva forma de oscurantismo que afirma con rotundidad que la ciencia está tan comprometida con los intereses políticos y económicos como cualquier otra rama de la actividad humana y que, por tanto, no debemos confiar en ella. Lo gracioso es que, para argumentarlo, a menudo aportan pruebas que pretenden pasar por científicas. Todo ello fue magistralmente denunciado por Sokal, un científico de verdad que puso en evidencia que las cátedras de filosofía de las universidades francesas estaban ocupadas por charlatanes.

Una explicación sociológica: se ha producido una explosión verbal antisistema justo después de que el sistema hubiera integrado de facto a muchos de los que estaban fuera de él (feministas, homosexuales, minorías étnicas). Según esta teoría, los disidentes se habrían equivocado de década, o acaso de siglo y siguen repitiendo el discurso radical de cuando estaba fuera.

Delgado-Gal añade una hipótesis que es bonita, especulativa pero elegante. Parte del hecho de que los posmodernos no han inventado nada y que se limitan a reescribir amaneradamente lo que ya escribiera Nietzsche. El filósofo que mató a Dios.

Nietzsche mata a Dios en nombre del hombre, pero no para instalarse en la posición aséptica del agnóstico sino para colocar al hombre en el lugar vacante que ha dejado Dios.

El occiso suplantado no es el Dios de la Iglesia, ni el de los deístas, ni el de Leibniz, sino el Dios pletórico de la tradición agustiniana, la que inspiró a Lutero y Calvino y los jansenistas. Ese Dios no se halla sujeto a la moral ni al Bien (…), Dios no quiere lo bueno sino que algo es bueno porque Dios lo quiere. Se trata, pues, de un Dios-sin-ley: no se guía por leyes sino que las determina en el trance mismo de desear esto o lo de más allá.(…). El hombre posmoderno es, pues, Dios. No Cristo, que es Dios humanado, sino Dios Padre.

El vacío que deja Dios al irse provoca una succión gigantesca y simultáneamente levanta al hombre de su condición subordinada..

Después de esta poderosa metáfora neumática, hace una reflexión interesante sobre la posmodernidad en el arte que han conseguido que, a partir de ahora, recele de cualquiera que me hable de Christo, Carl Andre, Hirst y la madre que los parió: Duchamp. Son artistas que mataron el arte al grito de “arte es lo que la gente considera arte”.

Pero la hipóteis tan creativa de Delgado-Gal resulta ser teísta. Pretende presentarnos la situación como una bifurcación de la historia del pensamiento: Hay que decidirse; hay que elegir entre matar a Dios para suplantarlo a la posmoderna o esforzarnos en hacerlo sobrevivir para evitar que también la razón muera a manos del oscurantismo. Porque Delgado-Gal tiene miedo de que, sin dios, los científicos se vuelvan posmodernos, abandonen su búsqueda y correteen como pollos descabezados al estilo de Feyerabend. Pero a muchos nos resulta por lo menos chocante que sea Dios el salvador de la Razón y creemos que la Razón puede, no sólo sobrevivir, sino incluso medrar tranquilamente sin Él.

El asunto nos devuelve al problema que quizá sea el tema subyacente de todo este blog: Dejar de creer en Dios no implica necesariamente volverse suicida, amoral o gilipollas.

Lo que no me esperaba es…¡qué nos acusen de posmodernos! Lo de amoral, pedante, suicida… pase, pero lo de posmoderno no me lo dice usted en la calle.